Buscar en este blog

jueves, 14 de julio de 2011

La lectura



Una de las cosas que más me fascinaron del metro de Madrid cuando lo descubrí fue la cantidad de gente que leía durante los trayectos. Aquel hallazgo casi me hace llorar de la emoción: ¡La peña lee!

En los viajes en bus desde mi pequeño pueblo de Tartama hasta la capital de la región son frecuentes las risas, las voces, los cotilleos, el escándalo… pero jamás he visto un libro en aquel autobús salvo el que pueda llevar yo. Mis paisanos me miran con extrañeza cuando me ven leyendo, mientras yo finjo no enterarme.

En el metro de la capital, en cambio, leer no es ningún fenómeno extraño. Hombres y mujeres de mediana edad se ponen al día con el periódico (generalmente ADN o 20 minutos, que no está la economía muy boyante), los jóvenes universitarios, ocultos tras folios y folios de apuntes, aprovechan los últimos minutos antes de llegar a Ciudad Universitaria para repasar, y las adolescentes se deleitan leyendo a Moccia. El monopolio de la lectura en el subterráneo madrileño está en manos de las féminas: leen mucho más ellas que ellos.

Los vagones –e incluso escaleras y pasillos; no hay que perder ni un segundo- se convierten en un paraíso literario y cultural. Es verdad que dominan los best seller y que nunca he visto a nadie leyendo a Tolstoi o a Hemingway, pero tampoco es cuestión de exigir tanto. Al menos la gente lee.

Y el que no tiene qué leer se entretiene intentando adivinar qué está leyendo el otro. Es una práctica muy común y muy molesta para el lector, pero absolutamente inevitable para el que va sentado al lado. Nuestro instinto cotilla se despierta rápidamente sin que podamos hacer nada para impedirlo. ¿Qué lees? ¡¿QUÉ LEES?! Nos acercamos despacito y con sigilo para intentar leer el título, el autor, unas líneas, ¡algo!, hasta que el portador del libro se vuelve irritado y con una mirada de hielo deja claro que lo mejor será dejar de chinchorrear. Lástima. La próxima vez será.

No hay comentarios:

Publicar un comentario