No solo en museos y en salas de
conciertos disfruta uno del arte. A veces, el enclave más
insospechado puede convertirse en auditorio, muestrario o galería.
Un escaparate a través del cual las más diversas manifestaciones
artísticas nacen, se desarrollan, se reproducen y mueren. Un escenario que acoge las
más variopintas ceremonias. El metro de Madrid es uno de ellos.
A nadie se le escapa que los túneles
del subterráneo están poblados por músicos y artistas de muy
diversa índole, unos buenos y muy buenos, otros malos y peores.
Algunos, amantes de lo rutinario y la estabilidad, abogan por el
sedentarismo y deciden instalarse en un lugar determinado, al que se
dirigen día tras día y donde llevan a cabo su actividad artística.
Otros, aún anclados en el nomadismo,
vagan con o sin rumbo por los vagones, ofreciendo su espectáculo a
todos aquellos que quieran (o no) disfrutar del mismo. Músicos,
actores, magos, contorsionistas, humoristas y otros “istas”
ambulantes recorren las líneas del subterráneo madrileño,
recuperando así, sin ellos saberlo, una tradición que se daba por
perdida y que vuelve a estar en boga en pleno siglo XXI.
A todos, nómadas o sedentarios, les
une un propósito común: poder ganarse la vida como artistas
demostrando su valía, de momento, en el subsuelo de la capital, y
sirviéndose de la solidaridad de los habitantes de este microcosmos.
Os veremos por aquí. Mucha suerte.
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