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miércoles, 22 de agosto de 2012

Personajes magnéticos I: La Pija





En el underground madrileño se adentran personajes de toda clase, y algunos de ellos me fascinan sobremanera. Cuando alguno de mis personajes predilectos atraviesa las puertas del vagón en el que me hallo siento una irrefrenable atracción, como si el individuo y yo fuésemos parte de un mismo imán y no pudiésemos escapar del magnetismo que nos une.

Esta primera seducción da paso a un embelesamiento absurdo del que soy incapaz de salir. Mi sistema nervioso se colapsa y lo único que puedo hacer es quedarme quieta, contemplar al ser que acaba de entrar y dejarme llevar por su efecto hipnótico. Tiraré de estereotipos para explicar este tan complejo fenómeno. Uno de mis favoritos es la Pija.

La pija penetra en el vagón hablando por su Blackberry Curve 9300. Es castaña y se ha dado unas mechas rubias (pero muy naturales, ¿eh?), y tiene el pelo largo, liso y sedoso, seguramente cuidado con champú de camomila (o de caballo, que ahora está in). Combina marrón con beige, un clásico, y calza tacón o bailarinas; mocasines si es de las defensoras de lo vintage.

Habla con su friend-4-ever, con ese timbre agudo y nasal que solo saben utilizar las pijas auténticas, y se sorprende (qué fueeeerte) por todas y cada una de las afirmaciones de su interlocutora. Los usuarios del metro, ante su presencia, comienzan a bajar la voz y a prestarle atención porque, como yo, se sienten seducidos por la Pija.

Cuando la susodicha se da cuenta del atronador silencio que se ha formado en torno suyo, baja la voz y se despide: “Tía, que voy en el metro, luego te llamo, ¿vale? Venga, nena, un besito”. Cuelga y sigue mirando, incansable, su móvil. A los tristes mortales se nos acaba el espectáculo. Aunque... espera, quizás hay esperanza. Otro personaje magnético acaba de cruzar las puertas.

martes, 31 de julio de 2012

¡Un, dos, tres! ¡MetroStep!





No sé si alguno recuerda la campaña que lanzó en 2009 la Comunidad de Madrid para fomentar el ejercicio en el suburbano. Si compartís con Dory la memoria de pez o en aquellos meses no frecuentabais tierras madrileñas, echadle un ojo a la noticia (y así, de paso, os cercioráis de que una humilde servidora no se inventa nada):




Alguna mente lúcida tuvo la fabulosa idea de proponer a los usuarios del subterráneo de la capital que subieran las escaleras a pie en lugar de utilizar las mecánicas. Con este, aparentemente, sencillo cambio en nuestros hábitos conseguiríamos hacer ejercicio y, en consecuencia, mejorar nuestra salud. Pero cómo se preocupa por nosotros la Comunidad y doña Esperanza; es para emocionarse.

No sé a quién ni cómo se le ocurrió semejante cosa; lo mismo afeitándose se le encendió una bombilla, como a Buñuel (no es mío, es de Woody Allen en Midnight in Paris), pero desde luego su iniciativa no gozó de éxito popular. Y no es de extrañar. Aplaudo el interés de la propuesta (la originalidad no; la SuperPop y la Bravo ya venían recomendando lo mismo años atrás para mantener el tipo, tss...), pero reconozcamos que es poco factible.

“Que le digan a un minusválido si mejora su salud física cuando tenga que subir a pie decenas de escalones porque, la mayoría de las veces, las escaleras mecánicas están averiadas. Lo mismo le sucede a una madre que carga con el carrito de niño”.

Eso dice Rafael Fernández, de la SER, en la noticia anterior. A mí se me ocurren otros muchos casos. ¿Alguien ha cambiado de la línea 6 a la 1 en Cuatro Caminos? Intenta hacerlo a pie. Daría para otra entrega de Misión Imposible. Yo misma intenté seguir la innovadora propuesta, pero no tardé mucho en desistir. Ya os conté cómo suelo ir en el metro (Conflicto generacional I, párrafo 4).

Me gusta imaginar qué hubiese sucedido si la propuesta hubiese sido un rotundo éxito. Usuarios en deportivas y chándal subiendo y bajando escaleras a velocidad hipersónica, piques entre canis para ver quién llega antes al andén... ¿Canis? ¿He dicho canis? He de parar. Ellos merecen un capítulo aparte.

sábado, 28 de julio de 2012

Artistas subterráneos



No solo en museos y en salas de conciertos disfruta uno del arte. A veces, el enclave más insospechado puede convertirse en auditorio, muestrario o galería. Un escaparate a través del cual las más diversas manifestaciones artísticas nacen, se desarrollan, se reproducen y mueren. Un escenario que acoge las más variopintas ceremonias. El metro de Madrid es uno de ellos.

A nadie se le escapa que los túneles del subterráneo están poblados por músicos y artistas de muy diversa índole, unos buenos y muy buenos, otros malos y peores. Algunos, amantes de lo rutinario y la estabilidad, abogan por el sedentarismo y deciden instalarse en un lugar determinado, al que se dirigen día tras día y donde llevan a cabo su actividad artística.

Otros, aún anclados en el nomadismo, vagan con o sin rumbo por los vagones, ofreciendo su espectáculo a todos aquellos que quieran (o no) disfrutar del mismo. Músicos, actores, magos, contorsionistas, humoristas y otros “istas” ambulantes recorren las líneas del subterráneo madrileño, recuperando así, sin ellos saberlo, una tradición que se daba por perdida y que vuelve a estar en boga en pleno siglo XXI.

A todos, nómadas o sedentarios, les une un propósito común: poder ganarse la vida como artistas demostrando su valía, de momento, en el subsuelo de la capital, y sirviéndose de la solidaridad de los habitantes de este microcosmos. Os veremos por aquí. Mucha suerte.

martes, 23 de agosto de 2011

Conflicto generacional. Parte I



Nunca he creído en esa supuesta bondad que tienen nuestros mayores. La imagen del tierno abuelito de barbita blanca que entretiene con cuentos a sus nietecitos –nótese la ironía- no me resulta convincente. A mi parecer, la tercera edad es una especie peligrosa que debe ser vigilada, y tengo pruebas fehacientes de ello.

El metro de Madrid da buena cuenta de lo avispados que pueden ser estos señores y señoras. No soy muy amiga de los refranes, pero creo que al que sostiene que “más sabe el diablo por viejo que por diablo” no le falta razón. Los mayores de sesenta y cinco son seres astutos como zorros, que no dudan en utilizar su condición de “anciano” para aprovecharse de cualquiera que se cruce en su camino. Temedles; su maldad no tiene límites.

El ejemplo más claro lo encontramos a la hora de decidir quién debe ir sentado y quién de pie cuando el subterráneo va lleno, un ejercicio que siempre causa problemas. Los vagones madrileños tienen reservados un gran número de sus asientos a personas mayores, con discapacidad, o padres o madres con niños pequeños. Hasta ahí todos de acuerdo. Pero, ¿qué pasa con el resto? Se da por hecho que, por educación, se debe ceder el asiento a estos lindos viejecitos igualmente, pero ¡¿por qué?! Y aún más importante: ¿en qué casos?

Son las diez de la noche, llevo en la calle desde las ocho de la mañana, he pasado siete horas en la facultad, he ido a la compra, al gimnasio, a trabajar, y a pesar de mi agotamiento saco las últimas fuerzas de mis entrañas para cargar con mi carpeta de cuatro kilos de apuntes, mi bolso de mano, mi macuto con la ropa de hacer deporte y cuatro bolsas del Mercadona durante un trayecto de 45 minutos hasta mi casa… ¿por qué tengo que cederle yo el sitio a una exuberante señora de 65 años que está en mejor forma física que yo, que entra en el vagón haciendo gala de una seguridad en sí misma apabullante –directamente proporcional a la abertura de su escote-, que va pintada como una puerta y camina subida en unos tacones de diez centímetros? ¿Es que acaso alguien piensa que esta mujer es una débil viejecita que necesita del civismo ciudadano? Pues atrévete a no cederle el sitio para que la señora plante sus posaderas, que alegará que la juventud no tiene valores ni vergüenza y se quedará tan pancha.

El underground madrileño no es ajeno al conflicto generacional que ha existido en todas las sociedades desde épocas remotas. La complejidad del asunto es tal que me veo obligada a seguir estudiándolo en futuros posts. No me quedaré de brazos cruzados ante este engaño al que nos está sometiendo la tercera edad. Os destaparé, coleguis.

martes, 2 de agosto de 2011

Amor 'underground'



Uno de los puntos de partida de mi tesis –aún no doctoral- es que en el subterráneo madrileño suceden todos aquellos fenómenos que también tienen lugar sobre la superficie terrestre. Hasta aquel recóndito lugar llegan las interacciones, los diálogos, los prejuicios, las peleas, la moda, las comidas, las prisas, el sueño… y, como era de esperar, también se desplazan hasta allí todas las emociones de las que hacemos gala los seres humanos.

El metro de Madrid no permanece ajeno al universo sentimental. Los usuarios, además de usuarios, siguen siendo personas, a pesar de que en numerosas ocasiones parezcan seres sin alma, entes programados que actúan mecánicamente cual robots de último diseño. Que los sentimientos atraviesan túneles, vagones y andenes es un hecho, y esto puede acarrear consecuencias imprevisibles. Una de ellas es lo que denominaré el amor underground.

El metro de Madrid esconde historias que despertarían la ternura hasta del más cínico. ¿Quién no conoce la típica?

“Nos conocimos en el metro. Un día salí cinco minutos antes de casa y coincidimos en el vagón de camino al trabajo. En el preciso instante en que la vi supe que era la mujer de mi vida. Desde entonces salía siempre antes de casa para encontrarme con ella. Un día intercambiamos los teléfonos y el resto ya os lo sabéis…”.

Precioso. Aunque en lo que a mí respecta conozco más amores underground de tiempo limitado –y muy limitado- que cuentos de hadas por siempre jamás. Son historias brevísimas, fugaces, que se escapan de las manos antes de se pueda hacer nada para evitarlo.

Él te mira. Tú te das cuenta y le miras también. Sonríes. Intercambiáis miraditas por espacio de varios minutos y entonces… se marcha.

Sabes que no volverás a ver a esa persona. No tienes su teléfono, su dirección o su email. No sabes ni su nombre, pero te ha encandilado de tal forma que pasas el día en las nubes, pensando si volveréis a cruzaros. La depresión más absoluta se apodera de ti cuando te das cuenta de que esa posibilidad es ínfima, y piensas en fabricarte unas tarjetitas con tus datos de contacto por si alguna vez vuelve a pasarte. Freak.

Los amores underground son una pasada. 34908 personas fans de la página de Facebook 'Pequeños enamoramientos en el tren, metro, bus, avión...' así lo confirman. No duran más que unos minutos, pero al menos, y como diría James Blunt, “we share a moment that will last will the end”.