En el underground madrileño se
adentran personajes de toda clase, y algunos de ellos me fascinan
sobremanera. Cuando alguno de mis personajes predilectos atraviesa
las puertas del vagón en el que me hallo siento una irrefrenable
atracción, como si el individuo y yo fuésemos parte de un mismo
imán y no pudiésemos escapar del magnetismo que nos une.
Esta primera seducción da paso a un
embelesamiento absurdo del que soy incapaz de salir. Mi sistema
nervioso se colapsa y lo único que puedo hacer es quedarme quieta,
contemplar al ser que acaba de entrar y dejarme llevar por su efecto
hipnótico. Tiraré de estereotipos para explicar este tan complejo
fenómeno. Uno de mis favoritos es la Pija.
La pija penetra en el vagón hablando
por su Blackberry Curve 9300. Es castaña y se ha dado unas mechas
rubias (pero muy naturales, ¿eh?), y tiene el pelo largo, liso y
sedoso, seguramente cuidado con champú de camomila (o de caballo,
que ahora está in). Combina marrón con beige, un clásico, y
calza tacón o bailarinas; mocasines si es de las defensoras de lo
vintage.
Habla con su friend-4-ever, con ese
timbre agudo y nasal que solo saben utilizar las pijas auténticas, y
se sorprende (qué fueeeerte) por todas y cada una de las
afirmaciones de su interlocutora. Los usuarios del metro, ante su
presencia, comienzan a bajar la voz y a prestarle atención porque,
como yo, se sienten seducidos por la Pija.
Cuando la susodicha se da cuenta del
atronador silencio que se ha formado en torno suyo, baja la voz y se
despide: “Tía, que voy en el metro, luego te llamo, ¿vale? Venga,
nena, un besito”. Cuelga y sigue mirando, incansable, su móvil. A
los tristes mortales se nos acaba el espectáculo. Aunque... espera,
quizás hay esperanza. Otro personaje magnético acaba de cruzar las
puertas.



