No recuerdo quién era el o la que decía –me parece que era Martín Gaite en su obra El cuarto de atrás- que en el metro no importaba tocar y ser tocado por otras personas. Discrepo totalmente: los usuarios del metro de Madrid tienen pavor a acercarse unos a otros. Parece como si cada uno de los pasajeros fuera portador de una enfermedad terminal que pudiese contagiarse con solo un leve roce o con un empujoncito.
No queremos que nos contagien; no queremos que nos toquen. Si por casualidad alguien se agarra a los barrotes del vagón a la misma altura que otra persona, esta última cambia la mano de posición. No hay una mano encima de otra; para eso es mejor no agarrarse y tratar –la mayoría de las veces, sin éxito- de mantener el equilibrio.
Basta con fijarse en la reacción de alguien que haya sido rozado, golpeado o empujado accidentalmente durante los vaivenes del aparato subterráneo: lo más normal suele ser una mirada fulminante hacia el pobre infeliz que ha osado atentar contra el cuerpo del primero. Hace algún tiempo, tras un movimiento muy brusco en el vagón, tuve la desventura de caerme encima de una señora que iba tranquilamente sentada. Se le inyectaron los ojos en sangre y escupía fuego por la boca (o al menos eso fue lo que me pareció a mí).
Del mismo modo que no queremos que nos contagien, tampoco queremos contagiar a los demás (somos seres con sentido cívico, ante todo). Así, cuando nos chocamos con alguien o le rozamos sin querer tardamos menos de un milisegundo (cero coma) en disculparnos. Damos paso a un diálogo harto absurdo (“ups, perdona, no, sin querer, lo siento, nada, tranquila”), muestra evidente de nuestro terror a tocar y ser tocados por otros, nuestro aturdimiento y desconcierto cuando esto sucede y nuestra torpeza a la hora de entablar conversaciones inteligentes que reparen el daño causado.
Sólo los niños permanecen ajenos a esta realidad y tocan cuando les da la real gana, para desgracia de sus madres, padres u otras personas a su cargo. Pero es que los niños merecen un capítulo aparte.

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