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martes, 23 de agosto de 2011

Conflicto generacional. Parte I



Nunca he creído en esa supuesta bondad que tienen nuestros mayores. La imagen del tierno abuelito de barbita blanca que entretiene con cuentos a sus nietecitos –nótese la ironía- no me resulta convincente. A mi parecer, la tercera edad es una especie peligrosa que debe ser vigilada, y tengo pruebas fehacientes de ello.

El metro de Madrid da buena cuenta de lo avispados que pueden ser estos señores y señoras. No soy muy amiga de los refranes, pero creo que al que sostiene que “más sabe el diablo por viejo que por diablo” no le falta razón. Los mayores de sesenta y cinco son seres astutos como zorros, que no dudan en utilizar su condición de “anciano” para aprovecharse de cualquiera que se cruce en su camino. Temedles; su maldad no tiene límites.

El ejemplo más claro lo encontramos a la hora de decidir quién debe ir sentado y quién de pie cuando el subterráneo va lleno, un ejercicio que siempre causa problemas. Los vagones madrileños tienen reservados un gran número de sus asientos a personas mayores, con discapacidad, o padres o madres con niños pequeños. Hasta ahí todos de acuerdo. Pero, ¿qué pasa con el resto? Se da por hecho que, por educación, se debe ceder el asiento a estos lindos viejecitos igualmente, pero ¡¿por qué?! Y aún más importante: ¿en qué casos?

Son las diez de la noche, llevo en la calle desde las ocho de la mañana, he pasado siete horas en la facultad, he ido a la compra, al gimnasio, a trabajar, y a pesar de mi agotamiento saco las últimas fuerzas de mis entrañas para cargar con mi carpeta de cuatro kilos de apuntes, mi bolso de mano, mi macuto con la ropa de hacer deporte y cuatro bolsas del Mercadona durante un trayecto de 45 minutos hasta mi casa… ¿por qué tengo que cederle yo el sitio a una exuberante señora de 65 años que está en mejor forma física que yo, que entra en el vagón haciendo gala de una seguridad en sí misma apabullante –directamente proporcional a la abertura de su escote-, que va pintada como una puerta y camina subida en unos tacones de diez centímetros? ¿Es que acaso alguien piensa que esta mujer es una débil viejecita que necesita del civismo ciudadano? Pues atrévete a no cederle el sitio para que la señora plante sus posaderas, que alegará que la juventud no tiene valores ni vergüenza y se quedará tan pancha.

El underground madrileño no es ajeno al conflicto generacional que ha existido en todas las sociedades desde épocas remotas. La complejidad del asunto es tal que me veo obligada a seguir estudiándolo en futuros posts. No me quedaré de brazos cruzados ante este engaño al que nos está sometiendo la tercera edad. Os destaparé, coleguis.

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